CLUB 20 DE FEBRERO

torre

planta baja

subsuelo General Dionisio Puch sede

primer piso

primer piso
 

LA FUNDACION

Con este nombre, y en homenaje a las armas de la Patria triunfantes en la Batalla de Salta acaecida el 20 de Febrero de 1813, se fundó el 1º de Enero de 1858 el Centro Social que debiera servir para la culta sociedad de Salta en sus múltiples manifestaciones, inspirados seguramente sus promotores por las iniciativas progresistas del entonces Gobernador, General Don Dionisio Puch, quien ejerciendo el mando en 1857 y 1857 insertó en su programa de gobierno: "procurar la creación de un centro común de reuniones de placer para la culta sociedad de Salta", según lo relata Antonio Zinny en su "Historia de los gobernadores de la República Argentina".

 

Si bien el Club 20 fue instituido como tal el primer día del año 1858, recién abrió sus puertas el 28 de mayo de ese año en la casa de Costas en donde hoy se encuentra el Cine Alberdi (la peatonal entonces se llamaba calle del Comercio).

 

Al ser adquirida luego esta propiedad por don Saturnino San Miguel, el Club se trasladó a la casa de don Juan Ramón Navea, en la esquina de Alvarado y Alberdi. Posteriormente se mudó a la casa de Ugarriza, en la calle España. En 1883 se instaló en el piso alto del Teatro Victoria, que acababa de ser terminado. En este local permaneció el club por treinta años, hasta la inauguración del edificio en frente a la Plaza 9 de Julio.

 

Así, el Club ha vivido mas de cincuenta años en edificios que no eran propios, y como tales, faltos de comodidades y confort, pero que, en medio de su modestia, se daba cita en sus salones toda nuestra buena sociedad ya en los grandes días de la Patria o celebrando otros acontecimientos, como en diarias reuniones, destacándose siempre por su suntuosidad y distinción el tradicional baile del 20 de Febrero.

 

Es de notar que el Club 20 de Febrero, es el tercero en antigüedad de toda la República, detrás del Club del Progreso de la Capital Federal y del Club del Orden de Santa Fé.

 

EL NUEVO CLUB SOCIAL

El progreso de nuestra Capital en todas sus manifestaciones y denso aumento de su población, hizo pensar a miembros representativos de la sociedad, en la construcción de un edificio que respondiera a la cultura tradicional salteña y como adhesión al centenario de la Batalla de Salta a celebrarse el 20 de Febrero de 1913, para cuya fecha eran los deseos terminarlo y con este propósito, se constituyó, el 30 de Septiembre de 1908, la sociedad anónima "Nuevo Club Social"  con la siguiente comisión directiva:

Presidente:

Angel Zerda

Secretario:

Robustiano Patrón Costas

Tesorero:

Alberto San Miguel

Síndico:

Santiago M. López

Vocales:

Félix Usandivaras, Adolfo García Pinto, José Saravia y Benjamín Zorrilla.

Esta comisión debiera llenar su cometido en el mas breve tiempo posible y al efecto desplegó encomiable actividad y celo. La obra a emprenderse era de gran esfuerzo por ser la primera de esta naturaleza que en Salta se realizaba, calculando su costo, incluso muebles en seiscientos mil pesos mas o menos. El importe de las acciones tenía que ser elevado para conseguir reunir el capital necesario, y fue establecido en mil pesos por acción, y como no fue suficiente se emitieron acciones complementarias de quinientos pesos, es decir un total de mil quinientos pesos por acción, lo que para muchos parecía una exorbitancia. Así, se compró el terreno aprovechando que estaban en venta las propiedades de la Curia Eclesiástica con frente a la Plaza 9 de Julio, posesión ideal para un centro social. Teniendo ya el sitio elegido, se convino de inmediato con el arquitecto don Arturo Prinz la confección del plano general y detalle del edificio, con obligación de efectuar los contratos que debían celebrarse en Buenos Aires, la inspección de los materiales y la dirección técnica por correspondencia. Llamada la licitación para la obra, a la que se presentaron varias propuestas, se adjudicó al Sr. Ermanno Barigozzi, por ser la más conveniente.

Próxima la terminación de la construcción del edificio se pensó en la formación del nuevo centro social y al efecto se reunieron en asamblea, el 2 de Julio de 1912, la mayor parte de los socios accionistas de la sociedad anónima constructora, la que declaró constituido el centro social conservando la misma denominación por considerar que debía ser la continuación del viejo y tradicional centro, o sea el Nuevo Club 20 de Febrero.

En esta Asamblea se aprobaron los estatutos redactados por una Comisión previamente constituida al efecto. Acto seguido, se procedió a la elección de la nueva Comisión Directiva encargada de correr con todo lo relativo a la instalación del Club, debiendo celebrar contrato de arrendamiento con la sociedad constructora para ocupar el edificio. Esta comisión quedó constituida así:

Presidente:

Abraham Cornejo

Vicepresidente:

Alberto San Miguel

Secretario:

Manuel R. Alvarado

Prosecretario:

José Manuel Quintana

Tesorero:

Adolfo García Pinto

Protesorero:

Gavino Ojeda

Vocales:

Macedonio Aranda, Domingo Patrón Costas, Sixto Ovejero, Indalecio Zubiría, Miguel Fleming y Belisario Saravia.

Formaron parte del nuevo Club los socios de la sociedad anónima "Nuevo Club Social", con la condición de que la sociedad constructora traspasara al Nuevo Club 20 de Febrero el dominio del edificio construido, sin otra recompensa que la admisión como socios activos.

Por Decreto del Poder Ejecutivo de la Provincia, de fecha 8 de Noviembre de 1912, le fue concedida la personería jurídica. Organizado ya el nuevo Club, contaba, en el año 1913, con 236 socios activos, considerados socios fundadores.

El Nuevo Club 20 de Febrero tomó posesión provisoria de inmediato del edificio hasta tanto se realizara la liquidación total de las cuentas con la sociedad constructora, lo que ocurrió el 25 de Enero de 1923, fecha en que se resolvió en definitiva la refundición de ambas sociedades. Se quería que la inauguración formal del nuevo edificio fuera el 20 de Febrero de 1913, celebración del centenario de la Batalla de Salta, pero por diversos inconvenientes se realizó el 25 de Mayo de ese mismo año con un gran baile de gala al que se dio sita toda la sociedad selecta de Salta.

 

Para el año 1938 el Club 20 de Febrero contaba ya con 436 socios, de los cuales 353 eran socios activos, 80 transeúntes y 3 cadetes.

 

 

LA EXPROPIACION

En los primeros años de la década del cincuenta, mientras era presidente el Coronel Dn. Jorge Ovejero Linares, el gobierno de Ricardo Durand, aduciendo que el Club 20 de Febrero no cumplía ninguna finalidad de bien público, lo demandó por retiro de la personería jurídica, logrando obtener el embargo preventivo de los bienes de propiedad de la institución. El edificio fue expropiado. Para que el club pudiera continuar funcionando, se acondicionó la casa de María Luisa López de Torino en la calle Caseros (hoy ex Caja de Jubilaciones). Allí estuvo por un tiempo, pero en esa sede se le quitó definitivamente la personería jurídica. En la esquina de Belgrano y Zuviría, donde estaba el Súper Salta, se reunieron por un mes los socios del Club pero esta vez con el nombre de "La Cigarra". Luego fue cerrado.

 

Fueron tiempos difíciles para la Institución que se había ganado el prestigio y el cariño de sus socios. Finalmente gracias a los esfuerzos de los doctores Cristian Puló y Ernesto T. Becker se logró que al Club se le devolviera su personería jurídica y este encontró su actual asiento.

 

LA SEDE ACTUAL

 

56 se compro la casa de Dn. Carlos Durand Guasch quien la vendió a un precio menor al real y dejó varias obras de valor, cuadros costosos y muebles muy finos. Este edificio era una casa de familia y fue diseñada por Dn. Fernando Lecuona de Prat. El Club 20 encontró un lugar a su medida otra vez: una casa espaciosa y de estilo refinado con un terreno amplio en una de las zonas más pintorescas de la ciudad. Durante la presidencia de Dn. Mario Lacroix, se construyeron los salones del Club y el mismo Lecuona de Prat, quien donó sus honorarios, fue su artífice. Durante el gobierno intervencionista de Nogués Acuña el Club recuperó su personería jurídica, después de varios años de espera. El primer presidente de la sede actual fue Carlos Patrón Uriburu. El Club se instaló en su nueva sede del Paseo Güemes en el año 1958; un siglo después de su creación.

 

 

LOS SIMBOLOS

El Logo:

El Estandarte:Estandarte del 140 Aniversario del Club 20 de Febrero. Concurso a la bandera o estandarte del Club ganado por la Sra. Macarena Zamora de Goytia. El color bordó del perímetro del emblema simboliza el derramamiento de sangre que envolvió la Batalla de Salta. El color natural del fondo representa el clima del mes de febrero en Salta (cálido y húmedo).

General Dionisio Puch, inspirador del Club 20 de Febrero

 

Período Nombre Fotografía
1857 Rudecindo Alvarado
  Sidney Tamayo  
  Tomás Maldonado  
  José María Solá  
  Manuel Anzoátegui  
  Angel M. Ovejero  
Nuevo Club 20 de Febrero
1908 Angel Zerda
1912 Felix Usandivaras
1912-1914 Abrahan Cornejo
1914-1916 Abel Zerda
1916-1918 Macedonio Aranda
1918-1920 David Saravia Castro
1920-1922 Carlos Aranda
1922-1924 Adolfo García Pinto  
1924-1926 Martín Gómez Rincón
1926-1928 Adolfo García Pinto  
1928-1930 Ricardo Solá
1930-1932 Abelino Figueroa
1932-1934 Ernesto A. Day
1934-1935 Luis Patrón Costas  
1935-1936 Domingo J. Isasmendi  
1936-1938 Angel M. Figueroa
1938-1940 Ernesto M. Aráoz
1940-1942 Luis Patrón Costas  
1942-1944 Domingo J. Isasmendi  
1944-1946 Carlos Gómez Rincón
1946-1948 Ricardo Zorrilla Uriburu
1948-1950 Florentín Cornejo
1950-1952 Jorge Ovejero Linares
  Periodo de Expropiación  
1956-1962 Carlos Patrón Uriburu
1962-1966 Mario E. Lacroix
1966-1968 Carlos Saravia Cornejo
     
1970-1971 Luis María Patrón Costas  
1971-1972 Víctor Cornejo Isasmendi
1972-1974 Alberto C. Velarde
1974-1976 Jorge F. Jovanovics
1976-1980 Raúl Aguirre Molina
1980-1983 Luis María Patrón Costas  
1983 Raúl José Goytia
1983-1984 Jaime Sierra
1984-1988 Arturo Saravia
1988-1994 Horacio Patrón Costas
1994-1996 Juan Esteban Cornejo
1996-2002 Fernando Luis Aráoz

 
 

BAILE DEL 20 DE FEBRERO

Como se lo llamaba sin más especificación, es el que se celebraba, y se celebra aún, el día 20 de Febrero, aniversario de la Batalla de Salta.

La tradición fidedigna, los historiadores por lo tanto, supongo que también los archivos, cuentan que: después de la épica batalla que libró Belgrano contra las fuerzas realistas del General Tristán que terminó con la rendición del español en campos que hoy son parte de la ciudad, donde las tropas vencidas depusieron armas y pendones a los pies del triunfador. Allí ambos generales se confundieron en un abrazo, previo juramento del jefe enemigo y su oficialidad de "que nunca más volverían a pelear contra las furias revolucionarias", Belgrano entonces, declaró solemnemente que "no habían vencedores ni vencidos" y mandó plantar una cruz en memoria de los muertos de ambos bandos.

Ahora viene lo anecdótico, lo que demuestra cuán confusa era aún la situación y las ideas de los contendientes, ligados muchos de ellos por lazos de amistad y de parentesco con el adversario...

Esa misma noche, en la casa de Costas se organizó una gran tertulia para festejar la victoria, pero con la asistencia de la oficialidad de ambos bandos. A partir de aquí, todos los años se celebra, con un baile de gala, la fecha magna.

Para la fiesta del "Club" eran los vestidos que traían las verdaderas modistas, suplantando las costureras locales que con más o menos habilidad, copiaban la moda de "El Hogar", importante revista porteña ya desaparecida. Venían Madame Ida y Madame Aussin. Madame Ida hablaba muy trabada, no sé si porque, en muchos años, no había aprendido el castellano, o no había aprendido el francés, el que debía hablar exigida por su supuesta nacionalidad. La Aussin era más sencilla, pequeña, ágil, sin ningún acento. Ambas, entidades. También estaba el modisto Jackes, ligeramente amanerado, como lo eran estos hombres que se dedicaban a tareas más propias de la mujer. Los tres, cada uno por su cuenta, y posiblemente rivales, se alojaban en el "Plaza Hotel", el más distinguido de los dos o tres establecimientos de categoría existentes, ya que cualquier otro alojamiento no pasaba de simple pensión. Por aquellos primeros años treinta, con los que comienza esta crónica, las clientes hacíamos cola, impaciente. En aquel tiempo no se conocían las colas, pero allí sí. Ellos venían por pocos días en vísperas del Baile del 20, que coincidía casi siempre con el Carnaval.

Sé, por crónicas familiares, que cuando la mayor parte de las familias tradicionales vivían en sus fincas, que antes fueron feudos, bajaban (como acostumbraban decir) a la ciudad en medio de las dificultades de transporte y peligros del camino, para asistir a las dos fiestas máximas de aquel entonces: el mentado Baile del 20 de Febrero, que llevaba incluido el Carnaval, y para las festividades religiosas del Señor y la Virgen del Milagro, en setiembre. Se alojaban en sus propias casas que habían permanecido cerradas muchos meses, o en casas de familiares: las tías, primas y demás parientes colaterales que se extendían hasta el tercer o cuarto grado, formando un apretado núcleo donde no se perdía la identidad de los ancestros y se conservaba la unidad del clan.

La indumentaria no les era problema. Los señores desempolvaban las paquetas levitas, guardadas y protegidas con el perfume de la alhucema del año anterior, y las damas ajustaban a su medida los trajes de ceremonia de siempre, siempre actuales adornándose con joyas propias o prestadas, pero verdaderas.

Para la fiesta del "Club", llevaban los vestidos de gala. Las chicas nos presentábamos allí en sociedad, entre los 18 y los 20 años. Era todavía una fiesta solemne, -ahora ya no lo es tanto, aunque hay que mantener cierto empaque para conservar la tradición-. Comenzaba a las doce, puntualmente, con el Himno Nacional ejecutado por la orquesta y coreado por los asistentes en el gran Salón central de la planta alta, cuyas grandes puertas de roble y vidrio biselados, se habían abierto a la concurrencia para dar comienzo al baile, que se iniciaba con un dulce Vals de Strauss.

Los hombres vestían de frac, los muy jóvenes podían llevar smoking, quedaban acartonados en el almidón de la camisa blanca de pechera dura, que se combaba por momentos, molestando al bailarín, quien, después de cada pieza, debía alisarla disimuladamente con la mano. De todos modos, éste es un atuendo sentador que da elegancia. Las chicas lindas sí que se lucían: sus trajes eran preciosos, largos por supuesto. Hay que hacer justicia a las modistas que nos traían las galas.

El público se había agolpado en la recova para moquetear la entrada: los padres conducían a sus hijas, orgullosos cuando eran lindas, aprensivos cuando advertían que no eran muy agraciadas. Los espectadores eran un temible jurado: comentaban sus impresiones en voz alta y prorrumpían en aplausos cuando la que pasaba merecía unánime aprobación. Era un espontáneo concurso de belleza, donde, sin corona ni banda, quedaban señaladas las ganadoras.

¿Quiénes constituían este público anónimo que se conformaba con ser espectador? Eran las viudas, las jóvenes ya un poco pasadas, los que estaban de luto y algunos señores renuentes en llevar ropa de etiqueta. Casi todos los socios del Club que por una u otra razón no podían concurrir. Pero, también, cosa extraña, o tal vez no tanto porque en realidad era un desfile, un corso más, donde los protagonistas cambiaban su personalidad habitual desmintiendo el viejo refrán de que "el hábito no hace al monje" y transformados, pasaban como seres desconocidos. También iban a ver a "la niña" con un particular afecto, hasta las empleadas domésticas de su casa. Y como el corso oficial era alrededor de la Plaza 9 de Julio, pasaba en su constante dar vueltas, frente al edificio de la sede social. Los festejos del Carnaval coincidían casi siempre con esta fecha. Los concurrentes a este espectáculo popular, pero que nunca fue desdeñado por las clases más altas, se apartaban de la rueda para llegar hasta las puertas del baile. Los amplios balcones abiertos de par en par, con la brillante iluminación y el entusiasmo de la orquesta, incitaban a participar de la fiesta.

El edificio de dos plantas y manzarda, con gran escalinata de mármol alfombrada de rojo que desembocaba en los relucientes pisos de parque, los grandes espejos de marco dorado y la profusión de luces y rasos hacían pensar en una fiesta versallesca.

El Club era, estrictamente, un club para caballeros, pero en tan augusta ocasión eran invitados los socios con la familia y obsequiados, a mas del champagne, que se servía a todos, con la exquisiteces de factura regional: corazones, gaznates, empanadillas y bellas confituras elaboradas con primor. Al promediar la velada se servía una cena fría con el clásico pavo aderezado con nogada. A los postres la afamada pasta real, originaria de Lima, manjar de los reyes -venida en épocas pretéritas- se volvió salteña por adopción. Completaban el menú los helados de trabajosa elaboración, entonces, y las hermosas frutas: enormes y rozados duraznos, peras en sazón y tentadores racimos de uvas que en sus fruteras de plata, competían con ventaja con el artificioso ramo de flores que adornaban cada mesa, dispuesta para seis u ocho personas, cubriendo las dos plantas que ocupaban los espaciosos salones, aparte de la mesa oficial reservada para el presidente del Club con el Gobernador y autoridades en compañía de sus esposas. Se proseguía sirviendo café, cognac y cigarros de hoja, que sólo consumía el elemento masculino y todo terminaba con un exquisito chocolate, servido en tazas de fina porcelana, como era toda la vajilla, sellada con el monograma de la institución. A las ocho de la mañana la orquesta ejecutaba un popurrí de tango y pasodoble que marcaba el fin de fiesta.

A la brillante luz del sol matinal, regresábamos conscientes de nuestro deterioro: se percibía el cansancio de la trasnochada y el exagerado rímel de la pestañas y el rouge de los labios se había corrido. Después de esa noche de ensueños volvíamos -como la cenicienta del cuento-, a nuestra opaca realidad cotidiana.

¡Qué expectación para las chicas que aún no tenían novio, esperando ansiosas un compañero para danzar!; el "¿quiére que bailemos?", había sustituido el más respetuoso "¿me concede esta pieza?". Contaba mi madre que cuando ella era soltera se acostumbraba manejar un carné, donde se anotaba el orden y nombre del pretendiente, algunos se cubrían inmediatamente, mientras otros apenas si tenían dos o tres solicitantes. También, oficiosas matronas ya habían concertado con anterioridad a las parejas, casi siempre por insinuación de algún candidato tímido. Tímidos, eran hombres valientes y decididos, que balbuceaban ante las damas, consecuencia de lo poco frecuente que era el trato con ellas, salvo con las de su núcleo familiar, tal vez la razón de los casamientos entre primos y a veces entre tío y sobrina, bastante frecuentes.

Debo consignar que la descripta alegría, no era para todos: estaban "las planchadoras", niñas que permanecían avergonzadas reunidas en pequeños grupos esperando un joven que las saque a bailar, y desde la rueda de paquetas sillas -donde sus madres permanecían expectantes hasta el momento de la cena- contemplaban desalentadas, junto a una madre exitosa el fracaso de su hija. El padre, incómodo se asomaba al balcón o se refugiaba en el salón de los billares ignorando los pormenores de la fiesta. En medio de tanta alegría éste era un suplicio, que esas chicas sufrieron en una o dos ocasiones para no volver más, ya habían sido presentadas en sociedad y descalificadas de todo glamour. Sin embargo, después, muchas de ellas en otro ambiente, más acorde con su temperamento, recuperaron su aplomo y como dice el refrán: "a la suerte de la fea, la bonita la desea".

 

 

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